La
vida pasa y no se detiene. Y caes y tropiezas para volverte a levantar y
ver que nada ha cambiado. Pero no pierdes la esperanza pese al frio que
hace en Saturno, porque no estás sola, o eso piensas. Todos estamos
perdidos en este Universo que no comprendemos y contamos estrellas
fugaces confiando en que todo vaya bien y el cambio llegue. O que el
camino te haga recuperar la ilusión que has perdido o los
sueños que has dejado atrás.
Que el tiempo nos conceda un respiro y que las cosas vuelvan a ser como antes.
Pero ya nada es igual.
Los caminos recorridos han dejado el corazón lleno de heridas sin
cicatrizar y profundas cicatrices que nos recuerda quienes somos y en quienes nos hemos convertido. El dolor, el miedo y la
incertidumbre mancillan cualquier atisbo de mantener viva esa llama, de
comprender que el valor y la fuerza son algo más que palabras. Y solo
dejamos que la vida pase arrojándonos a ese abismo que se abre ante
nosotros. Sucumbimos ante la sed de ese oasis en medio del desierto. Y solo a veces ese agua cristalina que sale del reflejo de un espejo es capaz de calmarnos y humedecernos la garganta.
Perdidos, olvidamos que el aire en realidad no nos ha abandonado y que
seguimos respirando. Que al final todo pasa, de la misma manera que la
vida y que nada se puede hacer, excepto levantarse y luchar. Luchar y
caminar hacia adelante con seguridad creyendo en todo aquello que
hacemos, porque nada se deja al azar. Ni la propia suerte que creemos
nos ha abandonado.
Tienes ganas de gritar, de sacarte ese
estigma que llevas dentro, de arrancarte el corazón del pecho para que
esos fantasmas no te consuman. Pero todos tenemos nuestro propio
infierno, las llamas de ese averno que nos rodean y nos impiden mirar al
mar.
Y nos mecemos por la cuerda floja de los
sentimientos por las hostias recibidas, los golpes que nos han hecho
caer al suelo. Y en vez de tendernos la mano para poder levantarnos,
para avanzar, rodamos por el suelo hasta caer en las arenas movedizas
del alma. Es cuando esas lágrimas de cristal rasgan nuestra piel y
nuestro cuerpo haciéndonos sangrar. Olvidamos desinfectarlas y en vez de
eso les echamos sal para que escuezan más. Pero quizás ese dolor es el
que nos hace sentir vivos. Cada uno a su manera. Al final, solo luchamos
contra nosotros mismos.